Contemplaba la Luna. Las estrellas brillaban y los aviones se camuflaban entre tanta pequeña e inmensa luz. Desde el horizonte, las nubes poco a poco empezaban a tapar aquella maravillosa estampa. El sonido de las olas chocar envolvía el ambiente.
Y seguía mirando la Luna. Tan grande, tan acompañada y a la vez tan sola. Allí, entre tonos azules oscuros y negros. Entre la soledad de la noche, entre la paz de las altas horas. Inmóvil.
Por un momento, pensé que volaba. Mis pensamientos se escapaban más allá y volvían a lo que no podía ser. Sucedáneos de malestar. Me sentía bien, a gusto. Cómoda y a la vez incómoda. Sentía tristeza. Los pensamientos empezaron a entrar de lleno en los sentimientos, se me fue de las manos. Seguía mirando aquella esfera completamente iluminada. La rabia regresaba en forma de mordeduras de labio. Hasta que una lágrima, la más valiente de todas, buscó la salida. Y después, unas cuantas más.
Las nubes lo taparon todo.
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