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7 oct 2014

Dos palabras.

Empezar a odiar los veranos como las despedidas entre estación y estación, entre muda y muda de cada hoja caída. Como el comienzo del otoño, como la pérdida del calor, como la añoranza de esos besos, de ese bienestar, de ese querer estar. Como el vacío de tu interés.
Y qué dilema entre razón y corazón. Cuando no hay más que un solo camino pero 300 maneras de llegar a él.  Cuando hay demasiadas piedras por él y solo tropiezo con una, contigo. Porque los susurros sólo me hacen olvidar momentáneamente pero las paredes de mi habitación tienen mucha más memoria que todo eso que yo pueda querer o desear borrar. Porque no sé si lo quiero borrar.Desviaciones típicas que vuelven al mismo empedrado del trayecto, al mismo dolor de cabeza, al mismo correr de lágrimas por las mejillas, al mismo nudo en la garganta, al mismo sentirme mal.A la misma rabia. A la misma ruta libre donde me imagino contigo, sin impedimentos, sin miedos, sin ocultaciones, sin distancias, sin ropa. Con besos, con caricias, con amor.

Y es que, en esta batalla, el corazón siempre lleva a hombros a la razón.

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