Google+

30 nov 2014

Le duela a quién le duela.

Gente, mucha gente alrededor. Demasiada. Día a día.
Días geniales, perfectos, estupendos, extraordinarios, felices.
Días no tan perfectos, malos, con tendencia suicida, días de capa caída.
Días de mierda.

Es entonces, en estos últimos, cuando no está de más una mano a la que agarrarte para que la caída no sea tan fuerte. Un hombro en el que llorar. Un abrazo o unos cuantos, profundos. Alguien que te escuche. Alguien que te tranquilice, que no te haga pensar y te diga que todo va a ir bien. Alguien que se preocupe por ti. Alguien que esté ahí porque realmente quiera estarlo y no porque se vea obligado a hacerlo o porque tú se lo pidas. Alguien, que por muy lejos que esté, lo notes cerca, a tu lado. Que no valgan las distancias.
Es cuando realmente te das cuenta de quién está y de quién no. Es cuando te das cuenta, de que no hay tanta gente. Por arte de magia desaparecen.
De hecho, no hay nadie.
Más que uno mismo. Porque verdaderamente, soy yo la única que va a estar ahí siempre. La que va a llorar ha escondidas sobre la almohada, con rabia o con tristeza y sin ningún hombro que pare mis lágrimas. La que se caerá y por muy fuerte que sea la caída, se levantará. Yo sola. La que se escucha siempre o casi siempre, porque en los casos en los que no, aparece el  "te lo dije" retumbando mis oídos. La que cargará con los problemas a la espalda, aunque duelan, hasta que esta aguante. Y todo sin decir ni mu.

Siempre ha sido así, y seguirá siendo mientras tenga papel y boli en el que transformar mis idas de olla, mis pensamientos, emociones y sentimientos. Mis semanas, días y años de mierda.
Porque todo esto suena muy típico, pero es una realidad.
Por muchas grietas que tenga mi coraza.





No hay comentarios: