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22 ago 2014

Mi voz interna me lo recuerda a veces.

El corazón te latía tan fuerte que el miedo a que se te saliera botando fuera del cuerpo era bastante grande. Las piernas te temblaban y te movías pegando pequeños saltitos. Te apretabas las gafas una y otra vez y estirabas el gorro para abajo para que te tapara las orejas. No eran nervios, era algo más. Una sensación desagradable y a la vez agradable. Pocos minutos, pocos segundos y estabas preparada. Estabais preparadas, compañeras de fatiga y contrincantes a la vez, luchando por una plaza en lo más alto. Te colocabas encima del poyete, nada más entrar al pasillo largo de las ocho calles y te concentrabas, visualizabas como sería la prueba y lo que ibas a hacer. Esperabas al sonido, segundos eternos.  Sabías a lo que ibas, habías entrenado y tenías tus objetivos claros. Te lanzabas al agua tan rápido como el sonido llegaba a tus oídos. Y ahí estaba, el agua rozando tu cuerpo, deslizándose sobre tu piel. Hacía que las sensaciones angustiosas de antes se fueran con las burbujas que dejabas y a su vez, otras sensaciones nuevas empezaban a florecer. El miedo se disipaba. Sensaciones indescriptibles. Esas ganas de darlo todo, de medirte. De hacerlo mejor que las anteriores. Pruebas largas o medias. Concentración. Brazada a brazada, patada a patada. Contabas los largos uno a uno, a pesar de que había un cartelito que te indicaban cuantos te faltaban. 8, 16, 32, 60... A veces, eran pocos.  Mirabas de reojo a los laterales para controlar. Y más brazadas. Y más volteos. Y más, y más. Sonaba la campana, te faltaban 50 metros o 100, según. Apretabas, te desvivías en esos metros para rebajar la marca... Y tocabas la pared. Salías del agua y te dirigías a tu entrenador.

A veces, te llevabas alegrías. Mínimas para el campeonato absoluto o para el campeonato de España o medallas. Otras, desilusiones. Te faltaban unas décimas para conseguir lo que querías o no había ido todo como esperabas. Sin embargo, ninguna de estas te hacía desmotivarte. Al revés, te servía para seguir apretando los dientes, porque la palabra ilusión estaba en esa piscina a la que ibas dos veces al día durante toda la semana, en ese gimnasio, en esos metros y en esos entrenamientos. 


Y sí, echo de menos todo eso. Echo de menos tener unos objetivos claros, ponerme a prueba, machacarme, las sensaciones de libertad y en definitiva, tener un sueño. 

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