Recibí dos llamadas. Dos. Sólo dos. A cuál más amarga. Llamadas que hace tiempo significaban ardor en el estómago, mariposas, ganas, ilusión, sonrisas. Sin embargo, ya no es así. La indiferencia llama a mi puerta con cada acto que me ocurre y no sé si alegrarme o asustarme. Más bien lo del medio. Y es que no hay manera de despegar y me imagino que motivo tampoco. O al menos no lo veo. Y créeme, quiero verlo. Quiero una chispa, un algo que me haga saltar de la cama y abandonar la monotonía espacio tiempo en la que hace tiempo estoy sumergida.
No quiero ahogarme.
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