Aunque no lo creas, he pintado las estrellas del cielo cada noche. Una por una. Una por cada recuerdo compartido. Esperando a ver si volvías, amor. Ese que se fue en una dura batalla. Batalla que perdí y que se llevó consigo medio corazón, media vida juntos.
Aunque no lo creas, fui yo quién llenó el mar de insatisfacciones, ese que miras cada vez que te asomas por la ventana. Cada noche, mientras te esperaba a ver si llegabas. Con las lágrimas que se escapaban sin permiso. Para que lo vieras y te asombraras y todo sin decirte nada.
Aunque no lo creas, soy yo quien creó el rocío. Gotas frías, muy frías de por la mañana. Gotas que salían del alma, alma congelada. Alma que lloraba de un corazón, también congelado.
Aunque no lo creas, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por ti. Llenar el vacío. Pisar la luna. Prender agua. Incluso llegar al Sol, ese que tanto le favorecía a tus ojos, a tu piel morena, a tu pelo brillante.
Porque realmente me llegaste, me calaste hasta la última vértebra de mi cuerpo.
Pero sabes, llegué y me achicharré. Me quemé. Me quemaste con tus peleas, con nuestras peleas. Tu pasotismo ilustrado. Mis palabras cegadas por la rabia. Por dar y no recibir.
Me cansé de tocar las cuerdas sin guitarra, de fumarme un futuro imaginario contigo, de dejarme la poca cordura que me quedaba en algo que, ahora sé, que no valió la pena.
Y ahora, todo está ahí, en ti.
Aunque no lo creas.
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