Aquella noche sin restricciones, hablamos de lo que suponía correr sin cansarse, sin pararse, sin tener a donde ir. Me abrió su corazón de par en par, no sé muy bien por qué y ni ella tampoco. Me contó algunas de las historias más profundas que nadie me había contado jamás desde el otro lado de las nubes.
Me regaló su compañía, su confianza y compartió su alegría. Me dejó su paz, su mundo e hizo que me creciera aún sin poder crecer. Se regaló a si misma y yo, ahora, solo puedo regalarme en forma de versos y silencios, dispuestos a escucharte.
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